El 5 de marzo del 2020 aterricé en Melbourne para mi segundo año de Work & Holiday. A las pocas semanas se declaró oficialmente el Estado de Emergencia por el Coronavirus y cerraron las fronteras. La primera ola fue más suave que en otras latitudes y en mayo las restricciones empezaron a suavizarse. Sin embargo, a mediados de julio un brote peor que el inicial trajo un confinamiento aún más estricto. Los siete meses que llevo viviendo en Melbourne[1] están indefectiblemente atravesados por la limitación de movimiento.

mapa subjetivo de melbourne
El dibujo nunca fue mi fortaleza, pero este tan mal no me quedó che.

1 – #WorstNannyEver

El internet laosiano era más inestable que el dólar en Latinoamérica y naufragué en el intento de tener una entrevista decente por Skype. Cerré la computadora sin un gramo de expectativa y me fui a ver el atardecer al río Mekong. Mis ojos no daban crédito cuando a las pocas horas recibí un mail que decía: “queremos contratarte de niñera”. Faltaba un mes para pisar Australia y ya tenía trabajo. No lo supe hasta mucho tiempo después, pero aquella tarde de febrero en Luang Prabang sellé mi suerte para el resto del 2020.

A contramano de la mayoría, la crisis por el COVID benefició mi trabajo: con las clases presenciales suspendidas y ambos padres médicos, hay semanas que llego a facturar 60 horas. Además, me dieron un auto para usar libremente, tomo mate todas las mañanas, ataco la heladera sin pudor, leo Harry Potter mientras les niñes tienen sus respectivas clases virtuales, pego alguna siesta a los pies de la estufa, dejo la NBA de fondo mientras plancho camisas y las tardes libres varían con juegos, deportes y expresiones artísticas.

2 – Jugando a ser local

De casa al trabajo son 26 minutos en auto, al menos mientras las calles se sigan transitando en puntas de pie. Ya no necesito GPS y la ilusión de pensarme local es un placebo a la urgencia viajera. Cuando hace calor voy con los vidrios bajos, la cumbia al palo y cantando a los gritos. Los días de lluvia escucho a Zitarrosa, Drexler o Fernando Cabrera para que la depresión del clima esquizofrénico me haga sentir más cerca de casa. Melbourne y Montevideo tienen mucho más en común que la letra inicial.

El tramo que agarro de autopista me devuelve el vértigo de la megaciudad, pero después empiezo a serpentear por calles en las que hay que esconderse entre autos estacionados cuando viene alguien de frente. El tranvía tiene su encanto si vas en él, pero donde quedes atrás es un juego adrenalínico para encontrar el hueco perfecto que permita rebasarlo sin amenazar alguna vida. A veces me quejo, pero es lo único que me despierta del tráfico solemne a las 7 de la mañana.

3 – La Casa de las Luces

Cuatro argentines y yo defendemos la latinidad del hogar, aunque la diferencia con Uruguay parezca imperceptible. Del otro lado está Europa: un findlandés con la capacidad de vivir enfiestado cinco días seguidos, la Reina de Inglaterra mochilera y tres franceses que dan cátedra del buen comer.

La casa de las luces
La Casa de las Luces fue mi refugio y contención durante la segunda ola.

Mi cuarto es una cueva de la que me cuesta sacar la cabeza. Sacrifiqué la cama doble para que entre un escritorio, colgué un mandala de cuatro metros cuadrados para cubrir una pared repleta de dibujos adolescentes y pegué fotos de viajes pasados para no perder el eje en un año tan anómalo. La única ventana de la habitación da a la calle y me obliga a metamorfosear en una portera chusma que lleva el apunte de quién entra y sale.

El living es el lugar de encuentro. Sobre los costados del televisor caen unas luces rojas que jamás vi apagadas. A veces me da la impresión que es el corazón de la casa: la velocidad de los intervalos marca la respiración y si alguien se atreve a desconectarla, la casa entera implosionará como en las películas de ciencia ficción.

En la otra pared hay unas luces led que marcan los estados de ánimo: rojo furia, amarillo eléctrico, verde placer, blanco resaca, azul angustia y violeta relajación. A veces queda un color fijo, otras, va mutando como un ciclotímico de cuarentena.

Cinco metros de luces rojas, amarillas y verdes le dan vida al jardín. Caen como guirnaldas desde los postes de las esquinas jugando a ser un patio cervecero de esos que en otra vida inundaron Melbourne. Mientras el mundo exterior siga clausurado, en la casa de las luces resistiremos con noches de empanadas, raclettes, asados, cerveza, vino, cumbia y tecno.

Hasta que las bombitas ardan.

4 – Respirar, correr, llorar

Salir a correr siempre me generó una mezcla de vergüenza y fiaca, pero la urgencia de una vía de escape me llevó a intentarlo. Vivir a pocas cuadras del Albert Park y su circuito de 5 km alrededor del lago me facilitó la operación.

Voy después que cae el sol, cuando hay menos gente y puedo evitar miradas incómodas. Mi punto de partida no condice con los postes oficiales, sino que arranco entre el segundo y tercer kilómetro, con la silueta del centro financiero como telón de fondo.

Inhalo y un río de calma me atraviesa el pecho.

Exhalo y dejo atrás las frustraciones acumuladas.

Corro y sonrío.

A pesar del home office, las torres del centro mantienen muchas luces prendidas.

¿Es un intento por simular que la vida sigue normal?

Corro y pienso.

Las luces de ciudad son la veladora de las sociedades modernas.

¿Le tenemos miedo a la oscuridad? ¿O a sentir que el mundo se detiene?

Algunos que vienen en sentido opuesto usan linternas.

La oscuridad me abraza.

Corro y floto.

El cuerpo ya no pesa, la angustia en el pecho tampoco.

Corro y lloro.

Regreso al punto de partida y freno.

Las luces del centro siguen maquilladas para la foto, pero el vacío hace eco en todo Melbourne.

Esperan inmutables que les devuelvan la razón de ser.

El lago en el medio me sirve de espejo: será un secreto entre nosotras.

Ni en los peores momentos de la pandemia las luces del centro se apagaron.

5 – Koala frustrada

Llega mayo y la tregua del COVID. Lo primero que hago es googlear “dónde ver koalas en Melbourne”. A diferencia de los canguros, que pululan libremente apenas sacas la nariz del urbanismo feroz, los koalas requieren bastante esfuerzo para verse en la naturaleza.

Warrandyte es el Parque Estatal más cerca de la ciudad y un lugar teóricamente fiable para avistar a los marsupiales más perezosos. Salgo de trabajar al mediodía y la emoción se me sube a la cabeza en una sucesión de imágenes sueltas:

Ruta angosta y llena de curvas,

Confianza al volante,

Repaso mental de la estrategia,

“Caminar mirando la copa de los árboles”,

Entrada al parque,

“¿Es por acá?”,

Camino equivocado,

Marcha atrás,

PUUUUUUUUUM,

Auto chocado.

Un poste de hierro, petizo y amarillo no tiene mejor idea que quedarse quietito en el lugar mientras yo doy una marcha atrás excesivamente brusca y sin mirar por el espejo. ¿Koalas? Ninguno. Lo único que me llevo es la cara de piedra para hablar con mi jefa -dueña del auto- y el desembolso de varios cientos de dólares para el arreglo.

6 – Sacrificio

Miércoles, diecisiete de junio, hace frío. El sol brilla alto, ya no hay restricciones de movimiento y el mapa de Melbourne vuelve a cobrar vida. Aprovecho que les niñes regresaron a la escuela para salir a conocer rincones hasta ahora llenos de incógnitas.

El Parque Nacional “Dandenong Rangers” exige mucho más que un par de horas para conocerlo, pero igual me zambullo en las serpenteantes calles que lo atraviesan y elijo una cascada para visitar. El estacionamiento está vacío y el baño clausurado con una cinta amarilla como si fuera una escena del crimen, aunque le adjudican la culpa al Coronavirus (¿otra más?). En las copas de los árboles las cacatúas blancas empiezan un concierto digno de película salvaje, ahí donde los humanos brillan por su ausencia.

Llego a las “Olinda Falls” en absoluta soledad y dejo que el fluir rabioso del agua me oxigene la frustración por el encierro, les niñes, la escuela en casa, la pandemia, la incertidumbre. Desde esta frescura todo parece más simple. Hasta que un cosquilleo en la panza me saca de situación.

Me hago caca.

El baño más cercano está a 20 minutos de subida y de todas maneras está cerrado. No tengo otra opción cerca y ni de casualidad traje papel higiénico. Miro sobre mi hombro y no hay nada más que árboles, alguna cacatúa todavía cantando y el rugir constante de la cascada. Me vacío los bolsillos del pantalón y la campera. Ni siquiera un ticket de supermercado.

Y ahí me ilumino.

Ta – te – ti – suerte – pa – ra – ti.

El zapato embarrado queda apoyado contra una roca mientras me saco la media corta, blanca y con lunares negros.

“Querido soquete, hoy te convertís en héroe”.

7 – El jardín de las citas del olvido

D es inglés, casi de mi altura, con un jopo rubio peinado hacia el costado y el skate como medio de transporte. Hablamos bastante antes de concretar un encuentro, un poco por nuestros horarios laborales y otro por colgados. “Nos encontramos en el Jardín Botánico cuando salga de trabajar”, me escribe por el chat de la aplicación de citas. Los horarios de chef pueden ser traicioneros, así que me propongo esperarlo hasta la medianoche. Cuando estoy a punto de calzarme el pijama y tirarme resignada en la cama, me llega un mensaje: “estoy yendo”.

El Jardín Botánico está cerrado, no sabemos si por la hora o la pandemia, así que nos dedicamos a darle vueltas manzana varias veces en plena madrugada. Al día siguiente nos volvemos a ver directamente en mi apartamento.

Ese mismo fin de semana me voy de roadtrip con Mer y D me presta una caja gigante llena de cosas útiles para acampar. “Así me aseguro que no te olvides de mí. Ahora tenemos una excusa para vernos si o si” me dice con una sonrisa pícara que tapo de un beso.

Apenas regreso a Melbourne le escribo para vernos y ya de paso devolverle sus cosas. Tres meses después sigo teniendo su caja debajo de mi cama.

***

Con P la conversación fluye como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de viajes, política, tatuajes, nuestros trabajos, sus dos hijos pequeños y la crianza de padres separados. El interés es mutuo y en ningún momento el diálogo parece forzado. Australiano de nacimiento, griego de familia, hippie por elección, enamorado de las plantas, el yoga y la espiritualidad. Es el pico de la pandemia y las restricciones complican las posibilidades de un encuentro, pero él arriesga y me propone vernos ese sábado en el Jardín Botánico. Está dentro del radio de 5 km de mi casa, así que tengo la excusa de “voy a hacer ejercicio” si me llega a parar la policía.

Por más que me haga la millenial, ¡qué difícil se me hace el mundo de las aplicaciones de citas! De todas las fotos que nos compartimos, entendí que recién afeitado tiene cara de niño y si se deja la barba me gusta más. ¿Y si justo el sábado se afeita? ¿Tanto me cambia?

La camisa de colores y manga corta por encima del buzo de lana marrón le delata la identidad cuando todavía estoy a 100 metros de distancia. Me acerco cautelosa, como pidiendo permiso para entrar a su espacio personal. Él me recibe con una sonrisa enorme y un abrazo digno de amigues que hace tiempo no se ven. Sin embargo, un olor ácido, rancio y profundo me revienta en la cara.  

Desinstalo todas las aplicaciones de citas.

El día que los celulares transmitan olores tal vez vuelvo.

***

(Agregado febrero 2021)

Podríamos decir que C es mi novio. Italiano, con patas de gallo, handyman por excelencia, fiestero y tremendamente mimoso. Nos conocimos en la playa cuando los casos diarios de COVID hace rato estaban clavados en cero y las restricciones existían solo en la cabeza del gobierno.

Podemos ir a comer, a la playa o de camping, pero jamás al Jardín Botánico: es mi Colonia del Sacramento en Melbourne.

8 – Ciudad fantasma

Semana cinco de la segunda ola.

Los contagios bajan casi a la misma velocidad que los grados trepan en los termómetros de la ciudad: no era chiste eso de que el primero de septiembre empezaba la primavera. Con los ojos achinados por un sol desacostumbrado a la ausencia de nubes, busco en Twitter los anuncios del gobierno para la próxima semana.

Australia, el país donde les latines vemos en el sueldo mínimo una fortuna accesible, entró en recesión por primera vez en 30 años. Y Melbourne, la ciudad que lleva orgullosa la bandera de la cultura, el ocio y la apropiación de los espacios públicos, tiene más gaviotas que personas en sus parques.

centro de melbourne en pandemia
Calles desiertas, teatros cerrados, silencio atronador: esto es el centro financiero.

Por las calles del centro solo se ven trabajadores de Uber Eats, obreros de la construcción y raudos peatones con la mirada fija en el asfalto y los brazos cargados de lo imprescindible para volver a encerrarse. Los tranvías compiten a ver cuál lleva menos pasajeres y los edificios emblemáticos ya no recuerdan ni el eco de un turista. La ciudad está en pausa, esperando que desde alguna mesa de control presionen el botón verde y la vida vuelva a la normalidad. Aunque ese concepto solo habite en el recuerdo melancólico de quienes queremos borrar el 2020 del calendario. Y por más que nos cueste reconocerlo, va a tardar demasiado en volver a hacerse carne.

9 – El escape

“Andate a la mierda” le grito a Mer y cierro el auto de un portazo. Entro rápido al apartamento a buscar algunas cosas y vuelvo a bajar la escalera, pero para salir en bicicleta. Enfilo por la rambla en direción sur, lejos del centro y la gente. Pedaleo con bronca y desesperación, escupiendo la mierda acumulada de los últimos días. El encierro nos revela nuestras peores miserias, la ansiedad atomiza como una mosquita que no te deja dormir y la incertidumbre del futuro desarma de un soplido cualquier fantasía como si fuera un castillo de naipes. Y nos la agarramos con quién tenemos al lado.

“En memoria de Mary, su lugar preferido”, reza la chapita de metal atornillada en un banco de madera con vista preferencial a un atardecer prendido fuego. “No era boba Mary, tremendo lugar”, pienso.

A lo largo de la primera ola de COVID, el banco de Mary se va transformando en mi refugio en Melbourne. Andar en bicicleta está permitido bajo la excusa de “hacer ejercicio” y en ese lugar me siento a salvo de mis propios fantasmas. Como si los 10 kilómetros en bicicleta me barrieran las oscuridades, al llegar al banco de Mary me siento limpia, sana, tranquila y feliz.

atardecer en la costa melbourne
La importancia de encontrar lugares que nos den paz.

[1] El primer borrador de este texto fue en octubre 2020 en el marco del taller Desafíos Viajeros y decidí respetar la temporalidad, aunque lo esté publicando varios meses después.