No quiero hacer la mochila. No quiero salir a la ruta. No quiero remar una conversación y poner cara de “acá no pasa nada”. Esta semana murió un amigo muy cercano en Uruguay y yo estoy negada con Tailandia. Odio el viaje, la distancia y la impotencia de no poder cambiar nada, sumada a una angustia con forma de yunque en el pecho.

Hace seis días estamos estancadas en Hua Hin, un pueblo que me pasó por la cara sin que lo registrara, y aunque no tengo ganas de hacer nada, creo que es necesario seguir camino.

Mer se pone al hombro la gestión de autostop y los primeros 100 kilómetros los hacemos en dos autos bastante rápido. Físicamente estoy con ella, pero mis pensamientos vuelan y se pierden en el éter continuamente. Estoy, pero no estoy; no sé qué hicimos, no sé de qué hablamos.

El sol de mediodía nos empieza a castigar porque donde nos dejó el último auto no hay una mísera sombra, así que activo el modo “dale, llévanos que somos divinas y estamos limpias”. Minutos después para una camioneta con una pareja de cuarentonxs.

—Guer iu goooooou?— me pregunta la mujer en un inglés rústico pero suave, con la melodía típica tailandesa.

 —Chumpon — Voy directo al grano porque intuyo que agregar información puede ser más confuso.

—¡Chumpon!

Con su grito y sonrisa entiendo que van para ahí y nos llevan con gusto. Miro la caja de la camioneta con placer: libre y amplia para viajar los próximos 180 km con el viento pegándome en la cara, sin sostener charlas banales ni disimulando tristezas. Pero la ilusión dura un suspiro: la entusiasta pareja estaba haciendo lugar en la cabina para que viajemos junto a ellxs.

El desconocimiento de inglés lo suplen con una llamativa destreza con el traductor de Google. Celular va, celular viene, logramos explicarles que en realidad vamos hacia Surat Thani para tomar el ferry a Koh Samui, y que en Chumpon solo pensamos parar a almorzar. Deslizamos el tema de la comida sabiendo que probablemente quieran hacerlo con nosotras, pero la conversación da un giro inesperado cuando Meaw nos devuelve el celular.

—¿Quieren quedarse en nuestra casa hoy y mañana siguen viaje?

Nos miramos, sonreímos, y sin intercambiar una palabra, aceptamos encantadas.

Así fue todo el camino: gracias Dios Google por todo lo que nos das.

***

Nu y Meaw son pescadorxs y viven sobre el río. El acceso a su casa es imposible a pie, así que al llegar a la aldea nos pasamos a un bote. Ella nos había adelantado este detalle cuando todavía estábamos en la camioneta, dejando entrever cierta vergüenza. Si bien ya habían levantado turistas haciendo autostop, es la primera vez que llevan extranjerxs a conocer su hogar y están casi tan entusiasmadxs como nosotras.

El bote está amarrado en un almacén que parece el punto de encuentro de la comunidad local, así que la presentación en sociedad no se hace esperar. Varias risas se escuchan de fondo cuando hago malabares para no caerme con mi mochila de 50 litros en la espalda. Imagino que esperaban el glorioso blooper de precipitarme al agua en el primer balanceo, pero no les doy el gusto.

El río ancho y largo está rodeado de vegetación, hasta que después de una curva empiezan a aparecer las casas tipo palafitos sobre la orilla. Cuando Nu enfila contra la izquierda y apaga el motor, entiendo que estamos llegando a la suya. Al escucharnos, su sobrina adolescente sale para ayudar a amarrar el bote y asistir a las torpes turistas en su andar equilibrista.

La casa es un ambiente único, pero con todo lo necesario para vivir por estas latitudes. La sobrina duerme hacia la izquierda, en un colchón que debe haber cobijado a varias generaciones. Ellxs duermen en diagonal, contra la pared del frente y hacia la derecha. Los pocos gramos de intimidad se los da un perchero y algunos estantes que con suerte llegan a la altura del ombligo de Nu. El sector de la cocina es al fondo a la derecha, lleno de recipientes, ollas y condimentos. La canilla muere en un balde que al llenarse debe desagotarse por la ventana, directo al río. Imaginamos que todo aquello depositado en la letrina del baño tendrá el mismo destino.

 —Es la hora ideal para pasear por el río porque no hace mucho calor —nos dice Nu apenas nos instalamos.

No damos crédito a tanta hospitalidad y aceptamos encantadas cualquier propuesta. Más aún si incluye un tour privado para ver el atardecer en la desembocadura del río, allá donde la angostura se hace ancho infinito y la vista se pierde entre islas lejanas.

Mer intenando preguntarle algo a Meaw

***

Durante toda la noche sentimos el balanceo de la madera al pasar los botes, con motores que interrumpen hasta el sueño más profundo. Nu y Meaw se van a las seis de la mañana para unirse al resto de la comunidad pesquera y vuelven un par de horas más tarde, rebosantes de pescados, cangrejos, calamares, camarones y mejillones.

No tienen mesas o sillas, así que nos sentamos en ronda alrededor de los platos de comida. Se me van los ojos entre tanto manjar y no sé por dónde empezar. El pescado al ajo y curry se me deshace como manteca en la boca. La sopa de camarones gana sabores con el pasar de las cucharadas. Me duelen las yemas de los dedos por romper algo que parece antenas o patas, pero el premio vale cada pinchazo. Me sorprendo con el relleno pastoso del cangrejo y lo sabroso de sus patas delanteras. Cuando la panza me dice basta, me pregunto cuánto costaría este almuerzo en un restorán cualquiera de mi país y me siento infinitamente afortunada. Nu y Meaw probablemente están aburridos de comer esto todos los días, pero para nosotras es la mejor comida del viaje.

Mer intentando aprender secretos de la cocina tailandesa

***

—¿Cuándo puedas nos llevas a la ruta así seguimos viaje rumbo a Surat Thani? —le escribo a Nu en el traductor del celular.

Enseguida intercambia unas palabras con Meaw y habla decidido sobre el micrófono del teléfono, que se encarga de decodificar su mensaje al español.

—Hoy es Loi Krathong, ¿no quieren quedarse otra noche así lo pasan con nosotros? Mañana las llevo a la ruta.

Otra vez las miradas con Mer, otra vez las sonrisas que no necesitan palabras, y otra vez aceptamos felices y agradecidas de tanto cariño.

***

Loi significa “flotar” y Krathong es “balsa”: durante esta festividad las familias fabrican balsas con tronco de banano, decoradas con hojas y flores, tres velas y un incienso. A la noche se lanzan al agua en señal de agradecimiento por todo lo bueno que pasó y que vendrá, pero también para soltar las cosas negativas, los malos pensamientos y las miserias. Marca el momento que termina la temporada de lluvias y junto con la luna llena significan una renovación energética.

A la tardecita nos llevan al almacén y los troncos de banano estaban esperando por nosotras para ser decorados. Nos sumamos a la mesa con otras mujeres y es como volver a las clases de manualidades cuando era preescolar. No puedo esconder mi torpeza motriz y ellas se ríen, Meaw y nosotras también. Al tener las manos ocupadas no podemos usar el celular para comunicarnos, pero entre gestos y muchas sonrisas ni nos damos cuenta que el sol se esconde atrás del río.   

Nu y Meaw siempre celebran Loi Krathgon en su aldea, pero en un intento de agasajarnos, nos llevan a una fiesta organizada en el centro de Chumpon. Entre lo bizarro de un concurso de belleza infantil y los cientos de Krathongs estancados en el lago, creo que hubiese preferido hacer el ritual en el río de su casa. 

Me arrimo al agua para dejar mi balsa y todos los pensamientos de la última semana se me vienen encima: el dolor, la angustia, la desesperación. Soltar no es olvidar, sino aliviar las cargas para seguir camino con más fuerza.

Con el krathong alejándose lentamente y algunas lágrimas asomando sobre mis hoyuelos, lo entendí: viajar a dedo es mucho más que tener un presupuesto mochilero; es permitir que la ruta y sus personajes nos curen las heridas. Gracias por cuidarme y sacarme un montón de sonrisas cuando más lo necesitaba. Hoy más que nunca: viajar es sanar.  

Agradecer. Soltar. Despedir.

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