Varanasi: vida y muerte a la orilla del Ganges

Al principio intento apelar el sentido de la orientación, pero después de dar varias vueltas insólitas entiendo que en Varanasi es imposible. Las calles, o mejor dicho pasillos, serpentean retorcidos y mueren en escombros como una trinchera contra la diagramación urbana. La única forma de ubicarse es nacer en el centro de este laberinto y crecer remontando barriletes entre sus azoteas. Para cualquier extranjero promedio, salir de este enredo es un misterio y así me entrego a la iluminación divina de Google Maps. Sé que es lujo de época y no puedo evitar preguntarme cómo hubiese sido visitar Varanasi hace veinte años, sin GPS ni teléfonos ni traductores instantáneos.

Después de varias vueltas, pasos cerrados y algunas indicaciones un tanto confusas, llego a una escalera estrecha y empinada que desemboca en el río más importante de India. Si a mis relativamente sanos 33 años me suenan las rodillas por cada escalón que dejo atrás, no quiero imaginar el sufrimiento de las veteranas que llegan a entregarle al Ganges sus últimos suspiros.

La bruma apenas deja ver el otro lado del río, allá donde se supone hay un pequeño desierto, travesías en camellos y otras tantas actividades destinadas al turismo. De este lado los vendedores de paseos en bote se arremangan cada vez que distinguen un extranjero. Es un shock de adrenalina que los hace rebotar en el aire, alisarse el pelo y sacar la sonrisa del buen comerciante. En algún momento debe haber sido un buen negocio eso de ofrecer paseos en bote por el Ganges, cruzar al otro lado y mostrar los Ghat de la costa. Pero como todo negocio que funciona relativamente bien, es rápidamente copiado por cientos de otros señores igual de chamulleros y serviciales. Multiplicada la oferta para igual o incluso menor turismo, no hay que ser doctor en matemática para entender la desesperación por captar clientes.

La orilla del Ganges suele ser una pasarela bastante particular

El río más sagrado en la ciudad más sagrada para la religión más popular en el segundo país más populoso del mundo: qué difícil es distinguir lo real de la carnada. Hay gente que viaja de todo India para bañarse en estas aguas, dejan rastros de lágrimas sinceras, hacen videollamadas a sus familiares, “¡mirá donde estoy mamá!” Pero también está lleno de esos buscavidas que solo ven al turismo -sea interno o extranjero- como una billetera con patas. Camino esquivando a los falsos gurú que te pintan la frente a cambio de unas cuantas rupias, vendedores de comida, pulseritas, flores o bidones. En Varanasi pareciera que todo está a la venta, incluso la muerte.

Después de caminar un buen rato encuentro la nube de humo de la que tanto había leído: Manikarnika Ghat, escalinata tradicional y crematorio más importante de Varanasi. Todos los días llegan entre 150 y 200 cuerpos todavía tibios para ser incinerados, cortar el círculo de la reencarnación y así aclanzar la liberación espiritual. Llegan al hombro de sus familiares, en largas caravanas desde otros barrios o ciudades entre flores, cantos y lágrimas tímidas que cada tanto se dejan escurrir. El varón referente, en general el hijo mayor de quien murió, se afeita la cabeza, viste de blanco y tiene que bañarse en el río antes de comenzar la ceremonia. Dependiendo de la casta a la que pertenece se le asigna un lugar para la incineración: cuanto más cerca del río más alto es el costo.

Los turistas se mantienen al margen de las ceremonias, hay que mirar de lejos y no sacar fotos, aunque yo ando con la cámara en la mano por las dudas. Una familia espera su turno de que se libere alguna hoguera entre bromas y empujones. La mayoría son gurises jóvenes y me miran con una curiosidad que ya siento cómoda. Entre señas me invitan a la ronda de espera y quedo oficialmente habilitada a sacar fotos de ellos, del cuerpo de su abuelo muerto y de toda la ceremonia. Todavía no soy consciente del “privilegio” que esto significa, así que hago uso intenso de semejante ignorancia e intento documentar lo que sucede: la espera por la hogera, la pila de 300 kg de leña, el sándalo para tapar olores, el cuerpo al fuego desintegrándose lentamente, los pies que resisten intactos afuera de la pira, el hijo que empuja los huesos al centro, el humo, los abrazos, la despedida sabiendo que ese abuelo ahora está en paz. En simultaneo se suceden otras quince o veinte cremaciones y la fila de espera se extiende escalinata abajo: los muertos nunca se terminan.

A metros de las cremaciones hay un veterano vendiendo chai masala, algunos muchachos ríen resguardados de la lluvia y en una olla se bañan en aceite unas bolas de papa. Un grupo de hombres casi desnudos revuelven el fondo del río con unos latones en busca de joyas. Es que allí se tiran las cenizas de los muertos y cada tanto viajan camufladas las alhajas que sobrevivieron la cremación. Estas son entregadas al templo y se usan para pagar la leña de las familias que no pueden acceder al costo.

Un poco más allá, alejados de las cenizas y el humo, hay otros hombres y mujeres zambulléndose en las aguas oscuras. Repiten mantras y llenan vasijas del agua sagrada, la toman, se la tiran encima. Las imágenes se repiten en loop cada unos cuantos metros: baños purificantes, promesas divinas, niños saltando al agua y muertos viajando al más allá; todos mezclados en una convivencia que solo Varanasi puede dar.

Todos los días cientos de personas repiten los rituales sagrados en la orilla del Ganges, en Varanasi