Viajar a dedo es vivir saltando de una cita a ciegas a otra. Y como en toda cita a ciegas, puede terminar con un apretón de manos frío y áspero, o cenando en la casa de su familia esa misma noche. Puede que se desvíe solo para dejarte en un mejor punto, o que acelere cuando todavía ni terminaste de bajar tu mochila.  

Viajar a dedo es abrir una caja de pandora de la que puede salir cualquier personaje: dos universitaries que se van por primera vez de salida romántica, una pareja de veteranes musulmanes que te adoptan como una nieta, un anormal con complejo de F1 que acelera en las curvas, una señora mayor que te regala plata o un fanático de Sudamérica que saca una bandera argentina de la guantera como si fuera algo normal.

Viajar a dedo es un trabajo casi terapéutico, prestar la oreja y escuchar historias de un camionero solitario que va errante por las rutas polvorientas. Es cambiar la rutina de los demás sacudiendo la modorra y monotonía del camino. Muchos piensan que el favor es unilateral hacia el mochilero o mochilera, pero no es tan así. Somos psicólogos itinerantes, espejos de una realidad alternativa y sueño vivo para el que está siendo devorado por el sistema.

Viajar a dedo es adaptarse a lo que ofrece la ruta sin pretensiones ni exigencias. Mirar con el mismo cariño al auto de alta gama que al camión de basura destartalado. Los vehículos dejan de tener marcas y matrículas para transformarse en portales escondidos a realidades paralelas.

Viajar a dedo es potenciar las emociones. Pasar de la incertidumbre a la frustración de una ruta desolada y que mágicamente un auto con las balizas prendidas te haga explotar de felicidad. Es acostumbrarse a estar con la guardia alta, prestando atención a cualquier actitud sospechosa, pero con el corazón lo suficientemente abierto para dar y recibir un montón de amor.

Para mí, viajar a dedo es sentirme más viva que nunca.

con mi amiga mercedes haciendo dedo usando carteles
Muchas veces, viajar a dedo también es ponerle creatividad a la vida.

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La primera vez que viajé a dedo sola fue en Australia y lo cuento acá

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