—¿Y? ¿Cómo les fue en el Palacio? —me pregunta Huwaida apenas me subo al auto

—Bien… pero cansador. Buena onda la Reina, charlamos un poco.

—¡¿Hablaste con la Reina?! —su tono y expresión me dan a entender que el diálogo con la señora no fue tan normal como imaginaba.

—Sí, yo que sé, me preguntó de donde era y eso… —respondo intentando sacarle dramatismo

—No puedo creer, sos la primera persona que conozco que habla con la Reina durante el saludo.

***

Eid al-Fitr es una de las festividades más importantes para el islam, marcando el fin del ayuno de Ramadan. Las familias estrenan ropas especiales, a los niños se les regala plata, cocinan como si no existiera mañana y pasan los días visitando amigos y familia. Pero más allá de las costumbres populares, en Brunéi se da algo bastante particular: es el único momento del año que el Sultán abre las puertas de su Palacio para todo aquel que quiera visitarlo y chocarle los cinco a la realeza. Lejos estoy de defender los regímenes monárquicos, pero además de ser una oportunidad única y diferente, el fanatismo que vi en Brunéi por el Sultán me llamó tanto la atención que decidí formar parte de la fiesta.

***

—¿Y qué te vas poner para ir al Palacio?

—Ehhh… ¿Esto mismo que tengo puesto? —respondo repasando con la mirada mi pantalón y remera.  

—¿Así pensas ir? No, no… necesitas ropa formal —replica Nazim un tanto indignado.

—Pah… pero no puedo comprarme ropa solo para ir al Palacio, viajo con un presupuesto apretado

—Tranquila… yo te presto algo de mi hermana y me lo devolves después.

Lo sigo escaleras arriba, hasta el cuarto de la hermana, y empieza a mostrarme diferentes atuendos tradicionales. Apenas saca la percha con un largo conjunto estallado de colores sé que es el indicado: si vamos hacerlo, vamos a hacerlo bien.

mi atuendo para visitar el Palacio
Una mezcla de vestimenta tradicional, estudiante de Bellas Artes y niña exploradora.

***

Son las 6.20 am y ya estamos en el portón de entrada al Palacio. El vértigo y la intensidad de esta semana me llevaron a armar un lindo grupo con Etty (Indonesia), Spencer (Australia) y Abdullah (Arabia Saudita), además de una chica sueca que se nos sumó a último momento. No somos los únicos turistas, pero tampoco pasamos desapercibidos.

A las 7 am empieza el movimiento: van a abrir el portón. Por un momento me siento en esos videos virales de Black Friday, donde miles de personas se agolpan en la entrada de los locales y entran pisando cabezas a comprar lo que sea que esté de oferta.

Varios ómnibus esperan al otro lado de la reja, pero es tal el caos de corridas y empujones que le propongo al resto del grupo seguir a quienes se fueron caminando. Quince minutos después estamos en los controles de seguridad: primer escollo superado.  

***

No me alcanza la vista para distinguir el fin del enorme salón o contar cuántas mesas hay, pero encontramos una libre en la esquina y nos sentamos a comer. Hago un esfuerzo por obviar que son las 7.30 de la mañana y, rompiendo con mis costumbres occidentales, me clavo un pollo frito con algo picante. Si bien el gran objetivo de todo esto es saludar a la familia real, nunca se desmerece un plato de comida rica (y gratis).

plato de comida en el bufete
Alto desayuno: el bufete gratuito es la parte preferida de muchos visitantes

El saludo será en dos tandas, de 9 a 12 hs la primera, y de 14 a 17 hs la segunda. En el medio pararán a almorzar y los hombres irán a la mezquita porque hoy es viernes: el día señalado para acudir al templo en masa. La logística también divide géneros: los hombres saludarán al Sultán y la corte masculina, y las mujeres harán lo propio con la Reina y el resto de la familia. Por eso, apenas terminamos de comer, vamos a donde empiezan las filas y nos separamos de Abdullah y Spencer.

Nos indican donde sentarnos a esperar y al principio todo parece muy ordenado. No entiendo nada de malayo, el idioma oficial de Brunéi, pero se nota que hay gente molesta. Da la sensación que es un tanto arbitrario el orden en que las filas pueden pararse y avanzar, y las quejas no demoran en llegar. Cuando nos toca, salimos caminando por un pasillo estrecho donde mi ingenuidad asume que es directo para llegar a la Reina.

Nada más lejos de la realidad: llegamos a otro gran salón donde hombres y mujeres se sientan enfrentados. Pasan los minutos, pasan las horas y allí seguimos esperando. Niños y niñas se duermen sobre los regazos de los mayores, las mujeres aprovechan para retocarse el maquillaje y algunos discuten sobre si los grandes arcos que están a cada lado del salón serán de oro macizo. Yo voto que sí.

***

El reloj marca pasadas las 11 y los temores de no llegar a la tanda de la mañana se acentúan. Ya estamos en la fila que lleva al cuarto real, pero con un mundo de gente por delante. Los encargados de seguridad habilitan el avance de la fila por tramos: cada vez que abren el paso corremos hacia el siguiente sector, esquivando niñas, ancianas y vestidos enredados.

Nuevamente vuelven las imágenes de vídeos virales a mi cabeza: ¿qué estoy haciendo? ¿desde cuándo paso por encima de la gente para darle la mano a una de las personas más ricas del mundo? La diversión del momento bizarro se empieza a entreverar con mis ideales y me invade una incomodidad abrumadora.

Miro nuevamente el reloj: son las 11.45. Irme ahora no tiene sentido, me levanté a las 5 de la mañana para hacer esto y tengo menos de 100 personas por delante.

El último tramo antes de la Reina: a partir de este momento está prohibido sacar fotos.

***

—Hola —la saludo tímidamente mientras le tomo la mano

—Oh… ¿de dónde venís? —responde sorprendida

—Uruguay… Sudamérica

Es una aclaración que ya tengo incorporada, supongo que para evitar la vergüenza ante el probable desconocimiento de un país con nombre gracioso. Como es Reina, imagino que habrá visto algún mapamundi a lo largo de su vida, pero hace meses que Uruguay y Sudamérica son palabras que en mi discurso vienen pegadas, como Larbanois y Carrero o curry y cagalera.

La Reina arquea sus cejas dibujadas y la sorpresa supera el cansancio, las arrugas y los kilos de maquillaje.

—¿¿¿Y qué haces acá??? —me pregunta como si fuera una extraterrestre descendiendo de mi nave.

Tal vez por esto me siento tan a gusto en Brunéi, tienen esa cosa de país chico y con bajo autoestima que me hace acordar muchísimo a Uruguay. No tengo idea qué espera que le conteste… ¿viajé 16 mil kilómetros para darte la mano? ¿estoy investigando países monárquicos para un trabajo de facultad? ¿quiero convertirme al islam?

—Viajando… me dedico a viajar. Y bueno, justo me enteré que el Palacio estaba abierto y vine —le contesto con la sonrisa más inocente que pude improvisar.

Ya demoré demasiado la fila y desde seguridad me piden que avance. Tengo que saludar a la princesa y otras tres veteranas que son parte de la corte. Gracias a mi breve conversación con la Reina, las señoras olvidaron los protocolos y están de charla como si fuera la plaza de barrio. Me da un poco de vergüenza interrumpirlas, aunque peor sería seguir de largo y no saludarlas. Su reacción es aún más exagerada que la de la Reina: ¿Qué haces acá? ¿Viajas sola? ¿Por qué viniste a Brunéi? ¿Qué has visitado? ¿Te gusta Brunéi? ¡Tenés que volver el año que viene!

Esta mezcla de curiosidad, sorpresa e incredulidad me da mucha ternura. Salgo del salón y, mientras me entregan el regalo de rigor y una tarjeta con la foto del Sultán, las preguntas de las veteranas rebotan como flubber en mi cabeza. ¿Qué hago acá? ¿Cómo terminé visitando el Palacio del Sultán de Brunei, metida en un traje tradicional con flores de colores y hablando con la Reina como si fuera una tía lejana? No tengo idea, pero supongo que este desparpajo es lo que me lleva a vivir situaciones tan incoherentes: estar en el lugar y momento correcto, ver la oportunidad y perseguirla incansablemente. Al final, viajar se trata de eso… ¿no?

Regalo y foto del sultán: terminó la aventura.

¿Qué más hice en Brunéi? Lee todo en Tierra de Sultanes: ¡Bienvenida a Brunéi!


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Y ya que estamos, les dejo más fotos de la visita al Palacio.

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