(Este es un relato que nada tiene que ver con los viajes pero mucho con las mochilas. Es mi historia, parte de lo que soy y llegó el momento de compartirlo)

Cuando tenía 8 años íbamos a almorzar casi todos los domingos a la casa de mi tío Rafa, el hermano mayor de mi papá. La comida variaba, aunque en mi cerebro siempre era asado. A mi me encantaba el asado desbordante de achuras del tío Rafa, que nos preguntaba a cada uno el punto de cocción preferido. Mi mamá, por ejemplo, se comía una vaca casi viva. Yo lo prefería más cocido y crocante.

Mi tío Rafa tiene dos hijos que son varios años más grandes que yo. En aquel momento Pablo tenía 15 y Gonzalo creo que 17, y aunque ya no era un niño, al menor de los hermanos le seguían diciendo Pablito.  

Desde que tengo memoria mi tío Rafa es un tipo con plata. Vivían en un apartamento enorme en el Prado, con un fondo más grande que mi casa, últimos modelos de autos y siempre con chiches de tecnología. Yo, que alguna vez heredé un Family desvencijado, no podía contener la emoción con los videojuegos que tenía Pablito. Me acuerdo uno de aviones de guerra que requería de un control específico y obviamente él lo tenía.

Lo que más me gustaba de ir a esos almuerzos de domingo era jugar con la computadora de Pablito. Pero un día, no me acuerdo cuándo ni cómo, Pablito también quiso jugar. Trancó el botón de la puerta de su cuarto, se bajó los pantalones, y dejando al descubierto los mismos calzoncillos holgados y a cuadrillé que usaba mi hermano, me dijo que para seguir jugando en la compu tenía que chuparle la pija. No se cuántas veces pasó ni durante cuánto tiempo, pero fue suficiente para convertirlo en rutina: asado, juego de aviones, pija.

Una vez, bajo la consigna de algún juego que solo a él le divertía, nos encerramos en el placard del cuarto de Gonzalo, y los genitales de Pablito dejaron de ser los únicos invitados. Me tocó, y la culpa de aquellas sensaciones encontradas me persigue hasta hoy. Con 8 años pasé a odiar jugar a la escondida o la sardina enlatada: una parte de mi infancia quedó para siempre en un ropero de la calle Joaquín Suárez.

Van a pasar varios años para que aprenda qué es la eyaculación y por qué le pasó a Pablito una de las tantas -¿y últimas?- veces que me hizo practicarle sexo oral. Dieciséis años después, mi padre -recién enterado de la situación- va a encararlo sobre aquellos sucesos de domingos a la tarde. Y Pablito, de treinta y tantos años, no solo reconocerá la veracidad de mi relato, sino que también dirá que fui yo la que puso un freno a esa rutina enfermiza. De esto no tengo registro, mi cerebro bloqueó por completo muchos detalles de esta historia. Aunque tengo la sensación que aquel primer encuentro con el semen me pegó una cachetada de realidad: aquello no era más un juego y había que terminarlo.

El secreto es cómplice del abusador, buscan nuestro silencio y vergüenza. Y durante mucho tiempo lo logró: me llevó 16 años contarle a mi familia y dejar de ver a mi abusador en todas las reuniones familiares con su tremenda cara de gil. La impunidad y naturalidad con la que Pablito me trató durante todos esos años me llevó a dudar de mi historia; ¿y si había sido un sueño? ¿o lo había imaginado para llamar la atención de mis padres?

Durante muchos años viví esta historia con vergüenza, pudor, humillación y culpa. Pero ya no más: voy a dejar de darle ese gusto a Pablito. Me harté del silencio, de la complicidad, de cuidar las formas. Esta historia, tarde o temprano, necesitaba ver la luz. No solo como una catarsis y desahogo de una mochila invisible que llevo hace 20 años, sino también como una muestra más de que el abuso sexual intrafamiliar no es una cuestión de clase o ni son casos aislados. Solo levantando la voz y contando nuestra historia vamos a dejar de ser cómplices y así parar esta bola que sigue cagándole la vida a cientos de mujeres.

Hace poco fue el día del niño en Uruguay y, aunque estoy del otro lado del planeta, lo tuve presente gracias a las redes sociales. Entre todas las fotos noventosas recordando infancias, una amiga compartió una story de Instagram que decía: “Criemos niños que no tengan que recuperarse de su infancia”. Esa frase me quedó resonando y se transformó en el objetivo de este relato. Mi niñez ya pasó, no hay nada que pueda hacer para deshacer esas heridas. Cuidemos las infancias que todavía son.

Que nunca te roben la inocencia.

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