Mi cuerpo todavía no entiende de qué lado del mundo está. Tengo un enemigo visceral llamado jetlag que no me deja dormir. De todas maneras, ya estoy en la playa, esa que tanto deseaba después del intenso aterrizaje en Manila.

Sabang es la zona de Puerto Galera donde los turistas vienen a hacer buceo. Incontables escuelas se apropiaron de la costa y no hay espacio para mucho más. Me cuesta encontrar una zona relativamente agradable para lagartear al sol y meterme al agua sin correr el riesgo de enredarme con un bote.

Niños caminando por la playa
Hay que caminar esquivando barcos, algas y rocas.

Después de nadar en el agua turquesa, me tiro al sol y quedo en un estado de trance parecido a estar durmiendo, pero con cierto grado de consciencia. Supongo que mi amigo jetlag está colaborando con este letargo. Pero cuando quiero acordar estoy rodeada: seis o siete niños me cortaron el estado de mutación. Me cuesta un par de minutos volver a la realidad y entender que están haciendo pelotas de arena. Si los niños de Islandia juegan a hacer bolas de nieve, tiene bastante sentido que en Filipinas las hagan de arena.

Niños armando bolas de arena.
Cada uno tiene su estilo y técnica.

Por lo que entiendo, el objetivo es hacer la bola más grande y perfecta. Empiezan con un puñado de arena húmeda bien apretado y hecho bolita. Como si estuvieran tirando azúcar impalpable a una torta de chocolate, rocían con arena seca la pelotita para que gane volumen y vuelven a la orilla por más humedad que dé soporte. Van y vienen incontables veces, y a medida que la bola crece, más difícil es que no se rompa.

Niño protegiendo su bola de arena
Cada capa que se agrega significa agarrarla con mayor cuidado.

Por un lado, está el ansioso que quiere cumplir rápidamente el objetivo. La bola inicial de arena húmeda es considerablemente más grande que las de los demás, pero se le desmorona entre los dedos enseguida. Minutos más tarde, agarra un coco y empieza a cubrirlo de arena, ante la mirada risueña de los demás. Claramente es la pelota más grande, aunque fuera de concurso.

Niño cubriendo un coco con arena.
Hecha la ley, hecha la trampa.

Pero del otro lado está el que va despacito. Cada vez que envuelve su pelota en arena, lo hace delicadamente, como acariciando la cabeza de un bebé. Le da forma con toques suaves de la palma de la mano. La traslada como si fuera de cristal. Tiene la paciencia de los que hacen barquitos adentro de botellas.

Armando la bola con paciencia.
Artesano de las bolas de arena.

***

En estas primeras horas de una forma de vida que rompió todos mis esquemas, no puedo evitar asociar el juego de estos chicos con mis propios proyectos.

Siempre fui ansiosa: quise aprender a tocar el piano, pero a las dos clases abandoné. También a tocar la guitarra, pero no salgo de DO, MI y SOL. Continuamente compro libros que quiero terminar de leer antes de siquiera empezarlos. Soy fan de las cuentas regresivas y tachar días en el calendario, como si el paso del tiempo garantizara la concreción de los objetivos.

Uno de los niños deja caer su bola encima de la de otro.
Ansiedad versus confianza y paciencia: la batalla de nunca acabar.

Abandonar la zona de confort no fue fácil: dejé casa, trabajo, rutina y amigos por algo totalmente incierto e inestable. Sentir que no hay un piso firme sobre el que estoy parada alimenta mis ansiedades. ¿Alguien me va a comprar las postales? ¿Podré ganar plata escribiendo? ¿Qué pasa si lo único que colecciono son rechazos?

Pero llegó el momento en que, en vez de buscar la salida más rápida, tengo que alimentar poco a poco los proyectos que andan revoloteando. Hacerlos crecer con la paciencia y el amor que este pibe le pone a la bola de arena. Dejar de esperar resultados inmediatos y confiar, en mi y en lo que me proponga hacer.

Tiempo al tiempo, esto recién comienza.

Gracias gurises, sigan nomás.

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