India – Pakistán y la frontera más insólita del mundo

Un pibe se me tira encima con tres frasquitos de pintura y pinceles. Va directo a mi cachete izquierdo como si allí encontrara una cantidad exorbitante de oro, pero entiende el límite apenas levanto la palma y da marcha atrás abatido. A unos metros, otro señor un poco más grande repite el gesto con menos entusiasmo, sabiendo que la batalla está perdida incluso antes de empezarla. Avanzo esquivando pinceles, bolsas de pop, gritos por megáfono, vendedores de cuanta cosa verde, blanca y naranja haya, militares con metralletas y niños con banderas apuntando al cielo. Algunos acompañan con alaridos desafinados la música de los parlantes mientras otros imponen cánticos familiares para quien ha curtido eventos deportivos en Latinoamérica.

Pocas relaciones bilaterales son tan revulsivas como la que tienen India y Pakistán. Estos dos países que alguna vez fueron un único territorio dominado por el Imperio Británico, llevan 77 años de independencia, guerras intermitentes, resentimiento y todavía vigentes disputas de territorio. Sin embargo, todos los días desde 1959 llevan a cabo una ceremonia conjunta que podría catalogarse de amistosa. ¿Es todo show o hay algo de realidad en esto? Tal vez esa sea la pregunta que más me hago durante las dos horas siguientes en la frontera de Wagah – Attari.

El entusiasmo en la gente y las tribunas es indisimulable: mucha pintura, banderas y gritos de aliento.

La tribuna en forma de U está lejos de llenarse y no creo que lo haga. Dice internet que la capacidad es para 25,000 personas y calculo que habrá un poco más de la mitad. En el centro hay una pasarela de 200 metros que guarda singular parecido con el sambódromo de Río de Janeiro. Desde ahí, con micrófono en la mano y carisma propio de presentador de televisión, un militar con uniforme de combate y bigote tupido alienta a las tribunas a cantar contra el enemigo. Al final de esa calle en la que está parado hay un doble portón de reja, el último centímetro indio antes de Pakistán. Del otro lado se levanta un estadio similar aunque notoriamente más pequeño y vacío. Poco puedo ver lo que pasa ahí, tan solo un bailarín vestido de blanco que da incontables vueltas en su eje flameando la bandera blanca y verde, algunos tambores y varios muchachos parados en lo alto de la tribuna.  

Los indios están en una fiesta nacionalista que nadie más parece invitado. Flamean las banderas al grito de “Hindustán Zindabad” (larga vida a India) y estallan en aplausos y carcajadas frente a las morisquetas exageradamente despectivas del presentador. Después de algunas indicaciones en hindi, decenas de mujeres corren escalinata abajo y se suman a la calle del desfile. Con la música que hace vibrar el hormigón y las palmas del resto del estadio, el malón femenino avanza hacia la reja fronteriza. Bailan, saltan, levantan los brazos y mueven las caderas: es imposible no sentir el ambiente festivo. Del otro lado, el bailarín sigue dando vueltas con la bandera pakistaní pintando el cielo.

Un pelotón de hombres y mujeres desfila haciendo malabares con las armas. La comandante tira órdenes y el grupo responde a medio camino entre el rigor y el baile. Como si fuera ese momento de un recital donde cada músico se luce con su instrumento para que el público lo ovacione, algunos de los militares se separan del pelotón para hacer trucos aéreos con los fusiles. Al retirarse este grupo suenan trompetas y tambores, la gente se para y entra en cuadro otro comando del ejército vestido de verde, dorado y rojo, con escarapelas y banderas de colores.

Si esto fuera un partido de fútbol, diría que es el momento exacto en que el volante por izquiera le gana la espalda al lateral y arranca la carrera endemoniada con campo libre hacia adelante. La gente se levanta de los asientos, extiende los brazos, abre la boca, le agarra el brazo al que tiene al lado para zamarrearlo en el instante justo que la pelota reviente la red y se desate la euforia colectiva. Pero acá no hay pelota ni arco ni volante habilidoso ni marcador lento ni arquero adelantado. En cambio, hay un militar vestido de gala dando zancadas exageradamente altas, un sombrero con forma de abanico y una doble reja que se abre y deja el paso libre, al menos por un ratito, entre dos países que se detestan.

La coreografía es simétrica, lo que pasa acá pasa también allá. Los uniformados se acercan y se alejan, se desafían, se muestran las armas y enrollan los bigotes puntiagudos. Después de una performance un tanto repetitiva, bajan en simultáneo las banderas, se dan la mano y cierran la reja. La efervecencia de las tribunas se disipa e incluso muchos ni siquiera esperan al final para irse, como en esos partidos de goleadas abultadas.

Hay quienes viven la ceremonia con una intensidad que, del otro lado del mundo, solo asociamos al fútbol.

Cuando en 1947 se llevó a cabo la partición entre un Pakistán musulmán y una India secular pero con mayoría hindú, se dio uno de los mayores éxodos cruzados de la historia. Millones de musulmanes corrieron a refugiarse a Pakistán y otros tantos hindues hicieron lo propio hacia India. Aproximadamente un millón de personas murieron en esa desesperación migratoria y la sangre derramada gotea hasta hoy. Detrás de los cachetes pintados, las banderas al viento y el nacionalismo simpático, hay una historia de violencia, amenazas nucleares y la tensión latente de que en cualquier momento puede volar todo al demonio. Mientras tanto, sigamos dándonos la mano.