Triciclos o mototaxis por todos lados
El reino de las mototaxis.

Me despierto con el golpe a tierra a las 16.25, pero en mi cerebro es plena madrugada. En migraciones empiezo a entender que de este lado del mundo todo se mide en cientos de personas, colas desorganizadas y largas esperas.

Nadie me sabe explicar dónde tomar un ómnibus de línea. No señor, no quiero un taxi. No señora, no quiero un shuttle a mi hotel, porque además no tengo hotel. A las cansadas logro encontrar la parada y diez minutos después pasa un ómnibus, pero el guarda está más perdido que yo.

─Voy a Población, en Makati

─Sí. Makati. Ayala.

─No, Ayala no. Población ─le digo mostrándole la banderita verde en el Google Maps de mi celular. ─¿Dónde me deja este bus?

─Ayala.

─¿Y eso dónde es? ─Insisto en que me señale en el mapa, pero mira mi celular como si le estuviera pidiendo que resuelva una ecuación diferencial.

─No sé. ─Y se va a ayudar a otros pasajeros.

Rápidamente intento buscar alguna pista de Ayala. Hay una plaza que tiene ese nombre, a unas 20 cuadras del bar donde me encuentro con mi host de Couchsurfing. No lo pienso dos veces y me subo al ómnibus, cacheteando con la mochila a todos los desgraciados que tuvieron la suerte de sentarse en el pasillo.

El GPS de mi celular no anda, así que tendré que confiar en el guarda desorientado. Mientras tanto, del otro lado del vidrio explota Manila. Buses, mototaxis, jeepneys, bocinas, gente -mucha gente-, puestos de comida y una excesiva propaganda política, se mezclan en la hora pico de retorno al hogar.

Famosos jeepneys
Los tradicionales jeepneys: preciosos por fuera, siniestros por dentro.

Peatones y tránsito son dos ríos que se trenzan desafiando cualquier lógica de supervivencia. Muchos deciden bajarse, ansiosos o aburridos de que el ómnibus vaya a paso hormiga, y se unen a esa manada diabólica que inunda Manila a las 7 de la tarde.

El guarda me hace señas, supongo que me tengo que bajar. Pero el ómnibus no parece avanzar y estamos, literalmente, en el medio de una autopista.

─¿Acá me tengo que bajar?

─Próximo. Adelante. ─Pero lo único que veo en la dirección que me señala es más tráfico.

Unas chicas hablan con el guarda y después de unos minutos deciden bajarse. Él me hace señas de que las siga y yo no entiendo nada.

─Anda con ellas. Van a tomar jeepney a Makati.

Sin pensarlo dos veces, me bajo. No porque tenga la intención de acompañar a las chicas, sino porque el bus cada vez me da menos confianza. A 30 centímetros viene avanzando otro ómnibus y yo amarro todas las tiras de la mochila para no quedar enganchada. Intento ir rápido para pasar por delante y llegar a la vereda. Pero está vallada, así que voy caminando por el costado de la calle, haciendo zigzag entre los ómnibus, las vallas, y vendedores audaces que se acercan a las ventanillas a ofrecer algo que parece pop.

Tránsito de Manila
Ahí, en medio del caos, me hizo bajar el bueno del guarda. (La foto es terrible, pero cumple el objetivo)

Nunca hubiese imaginado que cruzar la calle se convertiría en un desafío. En esta zona de Makati las veredas están cercadas y los cruces de avenidas importantes -que parecen ser todas- se hacen bajo tierra, como si fueran entradas de subte. Me considero alguien con buen sentido de la orientación, pero en el mundo subterráneo todo se va al demonio. Mi mapa mental se mete en una licuadora y cuando veo luz nuevamente ya perdí el norte.

Veredas valladas
Y yo tan solo quiero cruzar la calle.

Camino confiada para la izquierda, hasta que veo un Starbucks y decido parar a descansar. Y ya que estamos robar un poco de wifi, a ver si el bendito GPS empieza a razonar. Como era de esperar, estaba caminando para el otro lado. Estoy sudando como un chancho a punto de ser churrasco, agotada física y mentalmente, y bastante perdida. Me suben las ganas de llorar, pero la Franca racional y ejecutiva las apacigua de un rezongo: “Dale mija, ponete la mochila y encará.” 

A la tercera vez que voy bajo tierra, más o menos le agarro la mano y encauzo sin contratiempos. De pronto, la Manila de altos edificios y oficinas, da paso a luces de colores, música innecesariamente fuerte y mucho patovica. Una de esas calles que llama la atención de propios y extraños, que se llena de veteranos gringos con camisas a cuadros, bermudas y mocasines, y los estímulos atacan desde los rincones más inhóspitos. Claro, la calle de los stripclubs. Acá en Filipinas son muy populares, reino de la explotación sexual y prostitución infantil. Agacho la cabeza y sigo caminando, intentando controlar las ganas de vomitar.

Varias horas, dos cervezas y una siesta de sillón después, mi host me dice de irnos a la casa. Un amigo de él nos deja en la parada de ómnibus. Si bien el tráfico está más calmo, Manila sigue sorprendemente activa para ser un jueves de madrugada. El conductor disfruta el inusual espacio de la autopista y acelera a fondo, colaborando poco con mi mareo. Son las 2 de la mañana y empiezo a sacar cuentas: en las últimas 57 horas dormí 5. Y todavía no llegamos.

Mucha tinta se escribió sobre los jeepneys, al punto que siento conocerlos desde antes de llegar. De afuera son super fotogénicos y carismáticos, de adentro son un cable directo al infierno. Con una mezcla de ingenuidad y cansancio, no razono la inviabilidad de entrar al jeepney con la mochila grande puesta. Si no fuera por una señora de grandes reflejos que me agarró justito, caía al pavimento para quedar panza arriba como una cucaracha. Nos apretamos contra el asiento de adelante porque sigue subiendo gente. Esto es lo más cerca de un circo que estuve en toda mi vida.

Un jeepney desde adentro
El jeepney desde adentro: no te vayas a parar que te la das contra el techo.

Después de una imprescindible ducha me voy a acostar, con la tranquilidad de que puedo dormir todo el día porque mi host trabaja desde la casa. Colchón y aire acondicionado: todo lo que necesito para descansar y ser feliz.

Son las 7 de la mañana y ya me aburrí de dar vueltas en la cama, agotada pero sin poder dormir. Manila me dio una piña atrás de otra y después se me metió en el cuerpo. Manila no descansa, Franca tampoco.

Tránsito a las 6 de la mañana
Sábado a las 6 de la mañana: esta ciudad nunca para.

**** Justificación berreta: las fotos de este post son HORRIBLES. Las fui sacando con el celular a medida que iba avanzando en la travesía. Parte de mi llegada a Manila se entiende a partir de esta catastrófica secuencia*****

Manila quedó atrás y por suerte pude descubrir mucho más de Filipinas. No te pierdas todos los posts sobre este viaje ACÁ.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *