(Esta es la segunda parte del relato de Galungan. Si todavía no leíste la primera parte, hace click acá.)

La casa

Después de tantos preparativos y expectativa acumulada, finalmente es miércoles de Galungan. No me dijeron una hora precisa, así que por las dudas puse el despertador a las 7 de la mañana. Cuando lo escucho, empieza una lucha intensa para salir de la cama, porque el frío de la montaña empuja cada centímetro de mi cuerpo hacia abajo del acolchado.

Salgo del cuarto esperando ver a todo el mundo corriendo de un lado para el otro, ya con sus vestimentas tradicionales y ultimando detalles para la ceremonia. Pero nada.

De pantalón y buzo, Putu está terminando de armar las ofrendas. Los niños corren y juegan en el patio como cualquier otro día y a Made no lo veo por ningún lado. Me quedo un rato persiguiendo rayitos de sol que me den un poco de calor, pero rendida y un tanto decepcionada vuelvo a la cama.

Casi una hora más tarde hago un segundo intento, esperando ahora ver algo interesante. Putu y las niñas ya están con sus coloridas ropas tradicionales. Entre las flores y arabescos de la camisa la tela es transparente. En un continente tan conservador y pudoroso como el asiático, me sorprende que las mujeres balinesas dejen entrever orgullosas detalles de los corpiños. No así las piernas, ya que oficiando de pollera va el Kamen: una tela rectangular que se enrollan a la cintura y cubre por lo menos hasta las pantorrillas.

Putu comienza a distribuir las ofrendas por los altares y lugares especiales del hogar, acompañándolos con rezos y encendido de inciensos. El último, e imagino más importante, es en los altares pegados a la casa. Lo hace en absoluta soledad: ni los niños ni Made la acompañan. ¿Esta es la tan ansiada ceremonia?

Putu coloca los inciensos en el Penjor
Putu dejando las ofrendas en el Penjor a la entrada de la casa.

Enseguida vuelve a la ropa cómoda, y cambia también la de las niñas. En eso aparece Made, completamente vestido de blanco, y va hacia los altares. Repite los rezos que Putu había hecho unos minutos antes en ese mismo lugar. Al terminar, se va a la cascada a rezar y dejar ofrendas con sus compañeros de trabajo.

No puedo evitar sentir un poco de desilusión. Después de tanto trabajo previo imaginaba al menos un momento de rezo colectivo. Me queda la duda si es una cuestión de introspección y conexión en soledad, o algo más complejo que dudo me explicarán.

El templo

–¿Querés ir al templo a ver una ceremonia?

–¡Sí, claro!

Warnadi, el hermano menor de Made, creo que percibe algo de lo que me pasa y me extiende una propuesta super interesante. Inicialmente, creía que toda la familia iría a algún templo, pero se ve que es opcional. Putu me presta un Kamen, que es obligatorio para entrar, y nos subimos a la moto.

En el mundo exterior la realidad es completamente diferente. Autos, camionetas y motos abarrotados de gente, sonrisas y ofrendas. Muchos se van de gira todo el día visitando no solo los templos de la aldea, sino también algunos más grandes y alejados.

Llegamos al templo en medio de la ceremonia, y aunque tengo la vestimenta apropiada y voy acompañada de un local, no me siento cómoda para entrar. Tal vez por mi condición de atea acérrima o para evitar incomodidades ajenas, pero no me interesa invadir una ceremonia tan importante para los locales como si fuera un show de zoológico. Saco alguna foto para documentar el momento, pero prefiero mantenerme al margen.

Ceremonia en un templo hinduista balinés
Desde afuera igual puedo ver algo de la ceremonia

Hay pasos en el rezo que ya conozco y juego a anticipar lo que va a seguir. Sentarse en el piso con las piernas cruzadas, las manos juntas, los pulgares en el entrecejo, la campana, el agua bendita, las flores detrás de las orejas, el arroz en la frente.

Con unos campanazos especialmente fuertes la ceremonia concluye. Las mujeres se colocan en las cabezas las fuentes o baldes en donde trajeron las ofrendas y se marchan. Algunas se irán para sus casas, aunque la mayoría seguirá de recorrida por otros templos.

Las mujeres cargan las ofrendas
Las mujeres suelen vestir colores vivos y variados, los hombres de blanco y tonos sobrios.

La gira

La siguiente propuesta de Warnadi es visitar a su primo, y ahí recuerdo que no dejé de ser la turista exótica para mostrar orgulloso por toda la aldea, así allá vamos. Claramente no nos esperaban, pero siempre hay una taza de café y algo para picar. Este detalle se repite en cada casa que visité estos días. No importa la hora, si los tomaste por sorpresa, quién sos o de dónde venís. Siempre hay algo para compartir, invitarte y hacerte sentir en un hogar.

“Mirá… es mi jefe. ¿Vamos?” Warnadi me muestra en su celular una foto de un señor muy sonriente tomando cerveza. Y como tengo el “Sí” fácil, nos despedimos de su familia y vamos al bar del lago.

–Esaaaa ganadorrrr

–Opaaaaa

–Miralo al Warnadi con novia

Son muy poquitas las palabras de balinés que entiendo (que no es lo mismo que bahasa indonesio, el idioma oficial del país), entonces es imposible saber qué le gritaron cuando llegamos. Pero hay tonos, miradas y sonrisas que rompen cualquier barrera idiomática y más o menos me hago la idea del mensaje.

Son chicos que trabajan haciendo caminatas con turistas, por lo que su inglés es ampliamente superior a la media de la aldea. Por primera vez en la semana tengo una conversación fluida con varios interlocutores. Me convidan con cerveza y empezamos a hablar de fútbol, Uruguay, el negocio turístico y los viajeros de bajo presupuesto como yo.

Gunk anda acariciando las tres décadas, pero tiene la sonrisa y frescura de un niño. Nos invita a seguir la tarde en su casa porque quiere que yo la conozca: “un hogar tradicional balinés” me dice desbordante de orgullo. Así que el festejo de Galungan sigue en su casa, con Warnadi y Edi, otro de sus amigos.

Cocina tradicional balinesa
Gunk sirve la comida en su cocina tradicional balinesa.

–De mañana rezamos en nuestra casa y vamos al templo, pero después es un día para relajar y pasar con amigos.

–Descansar… y tomar algo, ¿no? –le contesto a Edi entre risas

–Claro, vas a ver ahora

Nos sentamos, como ya es costumbre, en una alfombra a la entrada de la casa. Gunk trae una bandeja con algo para comer, una cerveza, una jarra de plástico y una botella de agua de medio litro. Pero rápidamente entiendo mi error, no es agua: es arak.

Reunión de Galungan
La inocencia de esa botella de agua es tan creíble como mentirosa.

El arak es una bebida de producción artesanal. Es transparente, huele a vino, deja un gusto a anís en la boca, trepa a un 40% de graduación alcohólica y se vende en bolsita de nylon. Reconozco que este último detalle le da una magia particular. Sería todavía más pintoresco que metan una pajita en la bolsa y la tomen así, pero todavía no lo he visto. Para eso están las botellitas de agua, que muchas veces ni siquiera le sacan la etiqueta después de rellenarla con Arak, así que algún distraído puede llevarse una sorpresa en el intento de refrescarse.

Entre trago y trago se va este día que me generó tanta intriga y expectativa. Un poco decepcionada al principio, pero con el pasar de las horas fui entendiendo un poco más la lógica. Aunque cada uno lo viva diferente, me da la sensación que el disfrutar con amigos y familia sigue siendo crucial. O bueno, por lo menos para los hombres. Las mujeres no parecen salir del ping-pong entre hogar y templo, pero esa ya es otra historia.

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