Bali es la isla más famosa y turística de Indonesia, aunque la enorme mayoría de quienes la visitan se quedan dentro de los márgenes del circuito turístico, con todo medianamente occidentalizado. Esto se acentúa si hablamos del baño: ducha de agua caliente, inodoro con tapa, papel higiénico a discreción y papelera para evitar obstruir los caños, son moneda corriente donde pululan las billeteras en dólares y euros.

Sin embargo, si nos corremos del confort preparado para turistas, encontramos situaciones y costumbres que desafían hasta los hábitos más internalizados. Si hay algo que nos atraviesa a todos los seres humanos es mear, cagar y eventualmente higienizarnos, así que no te hagas el pudoroso o pudorosa y acompañame en este camino.

letrina de baño público
A olvidarse del papel, la cisterna y el jabón.

Ojos cerrados

Es mi última noche en Bali y, pecando de soberbia, siento que lo he visto todo. Después de varias semanas dándome de frente con la cara más pobre de la isla, no imagino cómo Kuta puede poner en jaque mis costumbres. Esta playa es el centro del turismo, la fiesta y el mundo occidental.

Pero mi anfitrión de Couchsurfing no es ningún turista sino todo lo contrario: con su mototaxi a cuestas está en el fondo de la explotación y precariedad laboral. Cak vive en un monoambiente diminuto, aunque el tamaño se disimula con la carencia de muebles. Un colchón tirado en el piso, el ropero con un emoji que recuerda salir a la calle con una sonrisa, la jarra eléctrica y un ventilador de vueltas espasmódicas, son suficientes para sobrevivir. En el baño, la tapa del inodoro es de un tacho de basura y dos muros de hormigón contra la esquina improvisan un depósito de agua, como es tradicional en los baños indonesios. Con un baldecito se recoge lo necesario para tirar en el inodoro o higienizarse.  

Son las 10 de la noche y Cak salió a trabajar en su moto para llevar y traer turistas al borde del coma etílico, empastillados hasta la médula o sedientos de algún masaje con happy ending. Lejos de sumarme a la ola fiestera, prefiero acostarme y que las agujas del reloj aceleren la vuelta hasta marcar la hora de mi vuelo.

Me pongo la remera que uso de pijama y busco las cosas para lavarme los dientes. Si bien no es algo que me enorgullezca, a menudo noto una ausencia recién cuando aparece la necesidad de lo que falta, ya sea un objeto o una persona. La cuarta vez que entro al baño, ahora para lavarme los dientes, noto la falta de alguna especie de lavatorio.

¿Dónde se lava los dientes este tipo?  Mi cabeza gira hacia el inodoro-basura. Le saco la tapa y automáticamente el fondo amarillo de sarro y alguna frenada de caca vieja y pastosa, me revuelven el estómago. Aunque tal vez fue el solo hecho de pararme de frente al inodoro, posición que las mujeres reservamos únicamente para vomitar (o limpiarlo, que me genera la misma reacción).  

El ida y vuelta del cepillo lo hago a ojos cerrados y rapidito. Que se termine esto, pienso mientras me enjuago la boca con agua dudosamente potable. Cada vez que el espejo del viaje me interpela hábitos o costumbres ya interiorizadas, me cuestiono sobre su sentido. ¿Por qué hacemos las cosas de determinada manera? ¿De donde vienen esas costumbres? ¿Por qué creemos que nuestra forma es la única o mejor manera de hacer algo?

Deconstruí la mierda

Llevo cuatro días tirando de la soga para ver hasta donde cede: picante hasta en el desayuno, sobredosis de café, cerveza caliente, degustaciones de Arak[1], pollo frito, chorizos rojo pasión y kilos de mandarina. El desenlace era evidente, hasta debería felicitar a mi estómago por aguantar tantos días sin zozobras.

En Bali, el uso de papel higiénico es exclusivo de turistas, los locales se arreglan con baldes y mangueritas. Nunca fui siquiera amiga del bidet, así que me vine preparada: en una pequeña mochila tengo un rollo de papel higiénico y una bolsa. Hace cinco días estoy quedándome en la misma casa y la bolsita devenida en papelera ambulante está reventando. Los retorcijones marcan el inicio de la debacle y corro al baño con la mochilita violeta.

Made, quien me abrió las puertas de su casa a cambio de que ayude a su comunidad a practicar inglés, me propone ir a visitar a su tío Mangku. Los Mangkus son hombres sagrados para el hinduismo balinés, llevan a cabo las ceremonias y guardan los saberes más profundos de la cultura. Acepto encantada y es tal mi entusiasmo que olvido la dichosa mochila violeta.

Visitar una casa en esta aldea es sinónimo de tomar un café atrás de otro mientras se picotea lo que haya en la mesa -o el piso, en la mayoría de los casos-. Las mujeres reciben a los invitados con bandejas rebosantes de comida y la esposa del Mangku no es la excepción. Estar mal de la panza no parece ser una justificación válida para evitar comer y me rindo ante la bandeja de dulces y bananas. Los retorcijones no tardan en llegar y aunque me haga la boluda, si no voy al baño rápido me voy a cagar sentada.

cafe y comida en la casa del Mangku
Imposible rechazar el café y la comida, que traen sin preguntar quien quiere.

El baño del Mangku no escapa a las tradiciones balinesas: letrina en lugar de inodoro y el ya conocido depósito de agua contra la esquina con su baldecito flotador.

¿Viste los cuadros de arte abstracto que son una salpicada de colores? De esos que parece que alguien se calentó e hizo una catarsis sobre el lienzo. Algo así es mi diarrea, solo que monocromática. Limpiar el desastre con el baldecito es relativamente fácil, el tema es suplir al papel higiénico.

¿Cómo se hace esto? Nunca me destaqué por ser hábil motrizmente: no caerme de la letrina, intentar mantener las piernas separadas, volcar un chorro de agua desde el fin de la espalda sin mojarme el pantalón y que además sea una limpieza eficiente, me genera una dificultad propia de acróbata de circo.

Y ahí lo entendí: hay que meter mano.

No puedo evitar recordar a mi sobrina cuando apenas gateaba, jugando con la caca de la pelela del hermano como si fuera plastilina. O a otro de mis sobrinos, que con el pañal cargado de diarrea pintaba orgulloso las cortinas blancas con un tono marrón clarito. ¿Qué tanto drama con la caca y nuestro cuerpo? ¿Por qué la censura? ¿Donde está el pecado capital de tocarte el culo cagado?

Hubiese agradecido un jabón después de semejante tarea, pero el baño del Mangku no estaba especialmente equipado.

Bienvenida a la otra cara de Bali.


[1] Licor de producción artesanal tradicional de Indonesia. Supera el 40% de graduación alcohólica y en general lo estiran con Metanol para reducir costos, lo cual ha ocasionado ceguera y hasta la muerte en consumidores.


¡¡ No te pierdas el resto de mi viaje por Bali, Indonesia !!

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