Cuando llega fin de año nos vemos tentados a hacer balances. Muchos lo hacen público en las redes sociales, otros lo meditarán con la almohada o en la ducha, pero casi nadie escapa. Cada uno tendrá sus motivos, pero creo que todos vamos por la misma línea. Lo hacemos para evitar tropezar nuevamente con la misma piedra, revivir el sabor de la victoria, amigarse con lo transitado y seguir creciendo. La necesidad de balances se potencia si el año que termina significó un vuelco total a tu vida, como haberte ido a trabajar en Australia.

En los últimos 11 meses estuve trabajando en Australia gracias a la work & holiday visa. El objetivo principal era -como casi todos los que vienen con esta visa- ahorrar lo máximo posible para poder viajar por el sudeste asiático después. El camino fue una constante toma de decisiones, algunas salieron bárbaro y otras no tanto. Pasar raya después de un año me ordena, pero en una de esas también le da una mano a aquel que está pasando por una experiencia similar.

Sidney es hermoso pero no para instalarse a vivir.
La vida en Sídney no está mal, pero no es el mejor lugar para conseguir trabajo

¡¡¿Para qué te traje?!!! –

(Espacio dedicado al Bambino Pons)

Antes de sacar el látigo quiero reconocer que casi todos los errores que se me vinieron a la cabeza los cometí al principio del viaje, se ve que algo aprendí. Ahora sí, a pegarse un poquito.

El primero y más básico fue querer instalarme en Sídney. Las ciudades, y en particular Sídney, son caras y más complicadas de conseguir trabajo. Como vos, hay otros cientos de mochileros que buscan lo mismo. Imagino que inconscientemente la gran ciudad nos genera un respaldo necesario cuando recién llegamos. Es más fácil conocer gente, establecer vínculos, tejer redes. Y esa seguridad es necesaria cuando tanta cosa esta cambiando.

En la búsqueda de trabajo también cometí varios errores. Venía con la idea de trabajar como moza, atendiendo una barra, o similar. ¿Por qué? Yo que sé, tal vez pensaba que era de lo único que había trabajo (?). No tenía ni un poquito de experiencia en este rubro y caminé kilómetros repartiendo CV sin ningún tipo de éxito. Bendito el momento que una amiga me dijo:

– Pero Fran… ¿qué te gusta hacer? ¿Algo que te guste y hagas medianamente bien? Más allá de dar clase… ¿un hobby?

– Sacar fotos

Y así de fácil cambié el waitress en el buscador de gumtree por photography. Al otro día tuve una entrevista para una empresa de fotos de niños que trabaja en diferentes centros comerciales. Trabajé 3 meses hasta que me harté, claro. Pero al principio estuvo buenísimo.

Si bien el trabajo me gustaba, tenía mis dudas -que se convirtieron en certezas con ese momento de hartazgo- pero dejé de buscar trabajo. ¡Error! Se que agota, pero hay que ser el mejor amigo de gumtree, seek y todos los buscadores que quieran. Meses después, haciendo algo totalmente distinto en Brisbane, el trabajo no me gustaba ni me rendía económicamente. Pero seguir buscando me frustraba. Después aprendí a quererlo -en la sección que viene les cuento por qué- pero hay que saber salir de un lugar que no estamos cómodos.

Tal vez es un detalle, pero en la búsqueda de apartamento también le erré. En Sídney, el que más me convencía pedía una estadía mínima de 3 meses. Justo me habían confirmado el trabajo de las fotos así que me comprometí. Pero después surgió la posibilidad de vivir viajando con el set: dos semanas en cada pueblo y cambiar. Es verdad, no es un trabajo muy típico, pero en Australia todo es muy cambiante. Moraleja: dile NO a los compromisos cuando sos backpacker.

Tamworth: pueblo que descubrí con mi trabajo.
El otoño me agarró en Tamworth, pueblito que me inspiró a renunciar.

Aplauso, medalla y beso

Guardemos el látigo y que venga la palmadita en el hombro, que hubo sanas decisiones también. En Brisbane trabajé como una especie de vendedora puerta a puerta, pero en lugar de vender un producto concreto, proponía un cambio en el proveedor de energía eléctrica. Trabajaba mil horas por día caminando por barrios remotos y era a comisión: no vendes, no cobras. Y si bien hubiese sido mejor seguir buscando un trabajo más rentable, encontré algo que me venía faltando hace rato: amigos.

En los tres meses que trabajé para el estudio de fotos vivía con mis compañeras y cambiábamos de pueblo cada dos semanas. Imposible establecer vínculos más allá de ellas -que no me caían muy bien-. El trabajo en Brisbane no era el mejor del mundo, pero el grupo estaba buenísimo. Terminar la jornada y salir a tomar una cerveza, hacer planes para el fin de semana, que el amanecer te sorprenda bailando cumbia colombiana con tu jefa británica. Es verdad, en los dos meses que estuve casi no ahorré nada -y eso que me gané 500 dólares en el casino-, pero si tuviera una máquina del tiempo volvería a hacer todo igual. Bah, no… apostaría 500 dólares al colorado 21 en vez de 15.

Otra sana decisión fue abandonar el trabajo de las fotos cuando ya no daba más. Estaba cansada de cambiar de pueblo cada 2 semanas, no soportaba más a mis compañeras, no tenía amigos, las presiones del manager por conseguir clientes me saturaban. Así que un buen día avisé que ese era el último pueblo que iba a trabajar. Cuando llegó el día, armé la mochila y salí a la ruta: por primera vez me animé a hacer dedo sola. Toda esa travesía a dedo la cuento es este post. Abandonar un espacio que me estaba haciendo mal fue una gran decisión.

Decidí no ponerme a trabajar directo, sino tomarme un descanso. Punto para Franca: por más que vengamos a trabajar, hay que guardarse un tiempito de vacaciones, es necesario. Yo tuve dos: el primero fue a partir de esta renuncia, quería llegar a Brisbane pero sin apuro, así que pasé por Coffs Harbour, Yamba y Byron Bay. Fue espontáneo y bastante al azar. El segundo fue mucho más planificado y especial: me iba a encontrar con una amiga en Samoa para después viajar a Fiyi, un mes en total. Gran decisión. Volví a Australia con mucha más fuerza y energía, como para aguantar cuatro meses en Dingo: the middle of nowhere.

Y justamente en Dingo vino otra gran decisión: dedicarme tiempo y gestionar el ocio para no volverme loca. Trabajo 8 horas por día, 5 veces a la semana. Nada grave ni extenuante, así que hay que saber manejar el considerable tiempo libre. Especialmente en un lugar como este, que se resume en 15 casas, la oficina de correo, un pub, una cancha de tenis y la roadhouse donde trabajo. Me compré una bicicleta para poder hacer algo de ejercicio, investigué cursos online que me interesaba hacer y decidí finalmente empezar este blog.

Pueblo que descubrí por animarme a renunciar.
Renunciar a tiempo y largarme a hacer dedo me llevó a ver atardeceres como este, Yamba.

Y colorín colorado

Todas las decisiones tomadas y experiencias vividas llevan indefectiblemente a un proceso de aprendizaje. Este año en Australia me dejó muchas, pero dos particularmente especiales.

No todo es plata. Ya sé, es una frase recontra trillada. Pero cuando venís con una visa work & holiday muchas veces caes en la rosca de: “Si me pagan tantos dólares la hora, y trabajo tantas horas, entonces puedo ahorrar tanto por semana. Y si como arroz y fideos capaz que un tanto más. Y si trabajo acá 5 meses entonces para julio voy a tener tanta plata y ahí ya estoy gozado”. Buenísimo capo, pero baja un cambio. Hay que disfrutar, darse gustos. Y a veces, como me pasó en Brisbane, no podemos ahorrar como quisiéramos, pero el trabajo nos brinda otras cosas que también necesitamos. Aprendí a redirigir el foco.

Desencasillate. Básicamente siempre trabajé en educación. Ya sea como profesora de matemática o en el ámbito de educación no formal. Es el campo en el que me siento cómoda y confiada. Venir a Australia me reubicó en una posición desconocida y descubrí aspectos de mí misma que ni imaginaba. Cuando estaba en Brisbane, en esto de la venta puerta a puerta, un cliente me dijo: “vos le vendes hielo a un esquimal”. ¿Yo? ¿Vendedora eficiente? Jamás lo hubiese imaginado. Pero salir de la zona de confort te desafía a reinventarte, a salir de la casilla “soy profesora de matemática”. Somos personas, el resto es cotillón.

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